martes, 23 de octubre de 2007

Capítulo nueve

9

Para llegar adonde estaba la mesa tuvieron que abrirse paso entre un montón de habitantes que juntaban miguitas en el suelo. Era un lío tremendo. Algunos hablaban en los rincones, otros reclamaban la mitad de su porción de torta, otros caminaban de un lado a otro como pensando, muchos pedían y pedían una tarea porque se habían quedado sin ella y no podían obtener globs ni porciones, y unos cuantos, muy cansados y sin haber comido, dormían tirados en el suelo.
La torta tenía todavía muchas porciones para repartir y otro montón de ellas estaban guardadas debajo de las sillas.

-Hay porciones para todos ¿porqué no vuelven a repartir ?, sugirió Primero amablemente.
-Cada uno tiene lo que se ganó, respondió uno muy tranquilo, sentado en una silla.
-Pero a algunos no les alcanza y otros no tienen nada, dijo la prima, espantada con el entrevero de gente que había en el piso.
-Cumplimos con las reglas del juego, continuó el señor muy tranquilo desde la silla.
-Las reglas del juego están todas inventadas, dijo Primero, recordando el principio del cuento.
-Pero no hay regla que no pueda..., dijo la prima, a punto de quedar interrumpida por su minuto de preocupación. Pero no se interrumpió.
Comenzó a girar y girar sobre sí misma, tan rápido que parecía una tormenta de viento.
Primero se dio cuenta del cambio pero no dijo nada. Sacó la guitarra y comenzó a cantar :

“mira niñita
te voy a llevar
a ver la luna
brillando en el mar

mira hacia el cielo
y deja
ese lánguido temor
que fue permanente emoción” (*)

-que fue permanente emoción”, acompañó la prima y paró de girar. ¡Qué no hay regla que no pueda volver a inventarse !, dijo terminando la oración, un poco mareada todavía.

Algunos se acercaban, otros murmuraban por ahí no sé qué cosa, otros parecían no escuchar, y la prima pidió que alguien le explicara.
Se acercó un super especialista del Juego de Globs y comenzó a explicar.
Por seguir el hilo de la explicación la prima se fue enredando tanto que no sabía como salirse del enredo.
Francisco se acercó y la desenredó un poco. Se acercaron otros, con más explicaciones.
La prima volvía a escuchar y se volvía a enredar. Francisco la desenredaba todo lo que podía. Y así durante un largo rato.
Primero escribía lo más rápido que le daba la lapicera, levantando y bajando la ceja, registrando los detalles del juego. De pronto se cansó.
-¡Grite el zorzal en danza danza!, exclamó de pie. Y eso que era muy poco exclamativo. Sorprendió a la prima.
-¡¿Queeeé cosa? !, dijo la prima, como si escuchara hablar en otro idioma.

Entonces un hermosísimo zorzal se posó en una rama junto a la ventana. Movía las alas como bailando, dejando en el aire un tinte de rosas. Francisco se le acercó.
-¿Grita ?, preguntó la prima, sin poder creer lo que ocurría.
-Está cantando, respondió Francisco.
-No, dijo Primero.
-Te aseguro que sí, dijo la prima, si Francisco lo dice...
-Qué no y qué no y qué no, la interrumpió Primero.
-Qué sí, que te digo qué sí, insistió la prima.
-¡Qué no, prima, qué no, que no pidas más explicaciones que te estás enredando !
-Pero esto no me gusta, dijo la prima triste, atenta al entrevero de gente que había en el piso. No se parece en nada al cumpleaños de Cata. ¡Si viniera mi madre, continuó, - parada en un banquito - , si viniera mi madre les diría que son unos egoístas, que paren ya de jugar y conviden a todos como dios manda ! Y no me preguntes otra vez si soy católica, le dijo a Primero rapidito.
-Dejate de hablar de tu madre, nena, que a nadie le importa lo que dice tu madre, interrumpió alguien con una voz lindísima.
-¿Y tú quien eres ?, le preguntó la prima.
-Miguel.

La fiesta se había vuelto un griterío.
¡Orden Orden !, gritaba un señor con ropa como de bombero de arriba de la escalera.
¡Orden Orden !, acompañaba la prima, que seguía subida en el banquito.
Nunca imaginé que iba a ver a la prima gritando orden parada en un banquito, pensó en voz alta Primero rascándose la cabeza.
¡Orden Orden !, continuaban a dúo, el que parecía bombero, y la prima desde el banquito.
-Señorita, dijo el bombero, si quiere orden empiece usted por callarse.
-¡Cómo me voy a callar si esto está todo desordenado, no se puede ni caminar... !, siguió la prima desde el banquito.
-Bajate de ahí nena, que te van a bajar de la oreja, dijo Miguel, con esa voz tan linda que tenía.
-¿Y tú que haces aquí ?, preguntó la prima encantada con la voz de Miguel, aunque no tanto con lo que decía.
-No sé. Ya no sé qué hago acá, respondió, mirando para otro lado.

Primero anotaba y anotaba y anotaba. Francisco hablaba con el zorzal y Andando no se separaba de Tinta que estaba a punto de parir.
-¡Francisco !, exclamó la prima, ¡Tinta ya va a parir !
-¡Andando !, dijo Francisco. Y Andando vino enseguida, cuidando por donde caminaba Tinta.
Detrás de Tinta y Andando salió Primero, y detrás la prima, que antes de salir del todo de la película se dio vuelta para decirle algo a Miguel.
-Apurate nena, que te vas a quedar acá adentro, dijo Miguel, con tono peleador y mirada dulcísima.
-Está bien, nene, respondió en igual tono la prima. Y se fue.

¡Plitsz ! y estaban otra vez en la sala de archivo. Francisco sacó de apuro el video chiquito como un caramelo y lo guardó nuevamente en su bolsillo. Colocó el grande en su lugar, apagaron la luz y se fueron. Descendieron por la escalera de mármol.
Primero acomodaba sus escrituras en la mochila cuando pasaron junto al Altísimo.
¡Muiiiiauuuú !, exclamó Cazador, otra vez junto a sus compañeros.
-¡Adelante Adelante Bienvenidos ! ¡Aquí están sus cubiertos !, decía el flaco a una gente que pasaba.
A ellos no les dijo nada pero no los perdió de vista hasta que se alejaron unas cuantas cuadras.
Francisco los llevó rapidísimo por el camino buscando un lugar tranquilo para el parto de Tinta.
La prima se dio vuelta para mirar a Miguel pero recordó de pronto que él se había quedado en la película.


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